Mucha gente ve el cambio de aceite como un trámite. Se quita el tapón del cárter, cae el aceite negro, se echa el nuevo y listo. Pero aquí, con nuestras cuestas y el frío del invierno, un buen cambio de aceite y filtros es lo que separa un coche que dura de uno que empieza a dar problemas serios.
Y se nota.
No todos los aceites son iguales (y menos a 2.000 metros)
El aceite lubrica y refrigera, y de paso arrastra la suciedad del motor. Pero no vale cualquiera. El error más común es fijarse solo en el precio o en la viscosidad, el famoso 5W-30 o 10W-40.
Lo que de verdad importa es la norma del fabricante. Cada motor está diseñado para trabajar con un aceite que cumple unas especificaciones concretas: ACEA, API o las propias de marcas como VW o Mercedes-Benz. Meter un aceite que no cumple la norma, aunque tenga la misma viscosidad, es comprar papeletas para averías en el turbo, en la distribución variable o, en los diésel, en el filtro de partículas.
En Andorra esto pesa todavía más.
El frío del invierno exige un aceite que fluya bien en el arranque y proteja el motor desde el primer segundo. Uno de baja calidad, o simplemente el que no toca, se espesa con el frío, y el desgaste en esos arranques de primera hora es enorme. La altitud y las pendientes constantes también hacen trabajar más al motor: el aceite se calienta más y se degrada antes.
Los cuatro filtros: los grandes olvidados de la revisión
Cambiar el aceite sin cambiar los filtros es dejar el trabajo a medias, como ducharse y volver a ponerse la ropa sucia. Cada filtro tiene su misión, y cuando uno falla, lo acaba pagando el resto.
El filtro de aceite
Es el más conocido. Atrapa las partículas metálicas del desgaste y la carbonilla de la combustión. Si no se cambia, se satura y el aceite sucio circula por el motor como si fuera papel de lija.
El filtro de aire
Impide que entren polvo y hojas en los cilindros, y de él depende que la combustión sea buena. Cuando está sucio, ahoga al motor: le falta oxígeno para quemar bien el combustible. Lo notas en que pierde fuerza y gasta más; a veces, además, sale humo negro por el escape. En la ITV, un filtro de aire en mal estado puede ser el motivo de no pasar la prueba de opacidad o de gases. Es una pieza barata que da disgustos caros.
El filtro de combustible
Protege el sistema de inyección, una de las partes más precisas y caras del motor. Tanto en diésel como en gasolina, las impurezas del combustible pueden dañar inyectores y bombas de alta presión, y reparar unos inyectores cuesta mucho más que muchos cambios de filtro.
En los diésel tiene otra función: separa el agua que se condensa en el depósito, lo que evita corrosión y averías graves.
El filtro de habitáculo
Este no afecta al motor, pero sí a quien va dentro. Retiene el polvo y la contaminación que entran por la ventilación, polen incluido. Si al poner el aire acondicionado o la calefacción huele a humedad, o si los cristales se empañan con facilidad, lo más probable es que toque cambiarlo. Un filtro tupido obliga a forzar el ventilador, que puede acabar estropeándose.
¿Cuándo toca de verdad el cambio?
El manual del coche da dos referencias: kilómetros o tiempo. Casi todo el mundo mira solo los kilómetros.
Es un error, sobre todo aquí.
Si el coche hace sobre todo trayectos cortos por Andorra la Vella o Escaldes, el motor no llega a coger su temperatura de trabajo y el aceite sufre mucho. En el cárter se condensa agua, que se mezcla con el aceite y le quita capacidad de lubricar. En esos casos manda el tiempo, no el kilometraje: aunque hayas hecho solo 5.000 km, si ha pasado un año, ese aceite hay que cambiarlo.
Estirar los cambios más allá de lo recomendado para ahorrar un poco sale mal. El aceite degradado no protege, y el desgaste que provoca en el motor se acumula y no tiene vuelta atrás.
Lo que vemos en el taller: el ahorro que sale caro
Casi a diario nos encontramos con las consecuencias de un mantenimiento mal hecho. Estos son los fallos que más se repiten:
- Aceite incorrecto: uno barato que no cumple la norma del fabricante. A corto plazo no se nota, pero con el tiempo forma lodos en el motor y adelanta el desgaste de piezas como el turbo.
- Filtros de mala calidad: por fuera parecen iguales; por dentro, no tienen nada que ver. Un papel filtrante malo o una válvula de descarga defectuosa en el filtro de aceite pueden ser un desastre.
- Dejar el filtro de aire «para la próxima»: es de los más baratos y de los que más influyen en el rendimiento y el consumo. No cambiarlo es tirar el dinero en combustible.
- Olvidarse del filtro de combustible: en los diésel modernos está detrás de buena parte de las averías de inyección que nos llegan.
Una revisión completa, con los materiales adecuados y siguiendo las pautas del fabricante, te da algo muy concreto: saber que el motor está preparado para nuestras carreteras y nuestro clima.